El Barça arrolla al Villarreal en el Camp Nou

Con dos goles de Dembélé, el delantero francés que ofrece su mejor versión (5-1)

En el día de Iniesta, las madres y las cinco copas, Ousmane Dembélé se convirtió en el protagonista inesperado. La fulgurante eclosión del futbolista francés, con dos goles (el segundo, de una factura reservada a los grandes) y un partido completísimo, dejó casi en segundo plano la contundente victoria (5-1) de un Barça solvente y con ráfagas de brillantez que camina con paso más que firme hacia el objetivo de cerrar la temporada con el casillero de derrotas a cero. Una animalada, se mire como se mire.

Los partidos aplazados tienen algo de trámite enojoso por extemporáneo. Como un trabajo que hay que hacer a deshora mientras los compañeros, ya cumplidas sus obligaciones, sestean ante el televisor o se inflan a cañas, o un compromiso contraído de forma inexplicable en un momento de euforia exógena.

Los futbolistas del Villarreal comparecieron sobre el verde del Camp Nou como si acabaran de recibir un mensaje confirmando una cita que no recordaban tener. “Hemos quedado, ¿eh? ¡No te vayas a rajar a última hora!”. Y ahí estaban: puntuales y aseados, y hasta con ganas de agradar (esta vez sí hubo pasillo a los campeones), pero muy escasos de convicción.

O quizá es solo que habían decidido apuntarse a los festejos del Día de la Madre organizados por Rakuten y el FC Barcelona, cuyos jugadores lucieron antes del partido unas camisetas con los nombres de las autoras de sus días. Fue la única concesión a la ternura de los pupilos de Valverde, que, con un once del todo inusual (desde la portería resguardada por Cillessen hasta el ataque comandado por un Messi hiperactivo en funciones de falso nueve, con Coutinho a su izquierda y un motivadísimo Dembélé a su derecha), salieron desde el primer minuto decididos a aprovecharse de la mansedumbre de los de amarillo.

Dos goles muy rápidos

Total, que cuando el Villarreal empezó a hacerse una idea de para qué había quedado con esos tipos de azulgrana ya había encajado dos goles. El primero, en el minuto 10, obra de Coutinho, que solo tuvo que empujar a la red el balón rechazado por Asenjo tras un jugadón de Dembélé: el primero de los muchos argumentos que el francés le dio al entrenador, por si necesitaba alguno, para apostar por su continuidad. El segundo tanto llegó cinco minutos después, cuando Digne se decidió a asumir, esta vez sí, el rol de Jordi Alba y aprovechó un magnífico pase de Iniesta a la espalda de la defensa para darle el gol hecho al voraz Paulinho, que rompió una sequía de cuatro meses y se consolidó como el tercer máximo anotador del equipo.

La guinda al notabílismo primer tiempo de los locales llegó en el último minuto, con una de esas jugadas que nos conmueven especialmente porque nos recuerdan lo que vamos a perder con la marcha de Andrés Iniesta. Hechizó Messi a la defensa al borde del área, le dio el balón al de Fuentealbilla y este, con un toque mágico por encima de los jugadores del Villarreal, dejó al rosarino solo ante Asenjo, al que batió con un gesto tan sencillo en apariencia como difícil de ejecutar. Un gol crepuscular, que resume una época a punto de extinguirse. Y que acerca aún más a Messi a la Bota de Oro al concederle tres tantos de ventaja sobre el egipcio Salah y cinco sobre Lewandowski e Immobile, ese ariete del Lazio con el apellido menos prometedor que jamás haya tenido futbolista alguno.

Atronadora despedida a Iniesta

La segunda mitad fue otra cosa, como suele ocurrir cuando el trabajo queda rematado en los primeros 45 minutos. Los de la cerámica pusieron algo más y hasta consiguieron marcar, aunque fuera sin querer, cuando un disparo de Fornals rebotó en el costado de Sansone y descolocó a Cillessen, que para entonces ya había demostrado con sus paradas que no solo se puede contar con él a la hora de las copas.

Transcurrió a partir de ahí la cosa sin demasiados sobresaltos, animada por la salida del campo de Iniesta (ovación atronadora y gestos de adoración) y por la presencia sobre el césped de Yerry Mina, que pudo jugar unos minutos muy aprovechables ante la mirada del seleccionador de Colombia, José Néstor Pékerman, presente en el palco.

Y, como en el primer tiempo, lo mejor llegó al final. Rakitic, que había sustituido a Busquets, se inventó una jugada descomunal por la banda derecha y brindó el gol a Dembelé. Habría sido más que suficiente para que el francés coronara su mejor partido vestido de azulgrana hasta la fecha, pero aún quedaba un regalo inesperado; con el tiempo de descuento a punto de extinguirse, el segundo fichaje más caro de la historia del club se embarcó en una aventura en solitario ante la defensa amarilla que parecía condenada al fracaso y que acabó con el balón en la red tras una exquisita vaselina.

Dembélé sonrió por fin. Y el Camp Nou con él. El futuro, hoy, parece más prometedor.

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