Messi, el extraterrestre

El astro argentino sacudió al Madrid con una lección magistral de juego en un infinito repertorio

Por Marcos López

Quedarán para el recuerdo siempre sus dos goles al Madrid. Pero lo que no está escrito en ningún sitio es la lección magistral que ofreció Messi con una exhibición. Se echó un poco más atrás que de costumbre, como si estuviera en el 2009 cuando Guardiola lo colocó de falso nueve. Desde esa posición, más de medio centro ofensivo que de delantero, Leo dictó una cátedra de fútbol, hurgando en el auténtico agujero negro del Madrid. ¿Dónde estaba? Pues a la espalda de la pareja de medio centros blancos (Casemiro buscó a Messi, pero no lo encontró nunca, y Kross se vio superado por ese tsunami), y justo por delante de Ramos y Nacho.

Ahí, en una posición indetectable para el Madrid, Messi leyó el partido con una inteligencia sublime, atrayendo defensas para limpiar de enemigos a sus compañeros. No solo eso. Invadió el área de Keylor Navas con astucia y una definición precisa en los dos goles. En el primero, controló el balón y dribló con la derecho. En el segundo, ese que silenció el Bernabéu, eligió su esquina messiánica. Puro Leo.

Para que Messi firmara una inolvidable obra de arte en el templo del madridismo, necesitó antes las poderosas manos de Ter Stegen. Dudó, eso es cierto, en el gol de Casemiro cuando no midió bien la salida y permitió el remate de Ramos, pero después el meta alemán ofreció un recital de paradas decisivas. En los momentos cruciales del partido, emergió la figura gigantesca de Ter Stegen, capaz de hacer extraordinarias paradas y de todo tipo.

Ya fueran con la mano izquierda al envenenado disparo de Cristiano o rechazando felinamente los disparos lejanos de Modric y Kroos o las incursiones en el área del peligroso Marco Asensio. Pero quizá ninguna comparable a esa que hizo, digna de un meta de balonmano, cuando Benzema le cabeceó a quemarropa. Pero salvó a todos.

No estaba Neymar y, como ya hizo ante la Real Sociedad, Luis Enrique no tuvo dudas. Escogió, de nuevo, a Paco Alcácer, un delantero centro que no es extremo. Ni interior. Pero le tocó ayudar defensivamente al equipo formando un poco simétrico 4-4-2. Tuvo, además, una oportunidad clarísima de consagrarse marcando un gol, pero su tímido disparo fue repelido por Keylor Navas, el meta del Madrid, quien abrió entonces su particular partido. Por mucho que corriera hacia atrás, Jordi Alba tuvo problemas para controlar a Carvajal, un lateral que tuvo mucho impacto en el juego ofensivo madridista de la primera mitad.

Luego, en cambio, Alcácer fue perdiendo presencia en el clásico porque no podía conectar con Suárez en el ataque ni tampoco Messi le podía encontrar las líneas de pase adecuadas. Luis Enrique, con la entrada de Kovacic, entendió que necesitaba más fuerza física para que el partido no se le fuera de las manos.

Curiosamente, la expulsión de Sergio Ramos obró un efecto negativo en el Barcelona, que se defendió mucho peor con un jugador menos. Luis Enrique quiso colocar entonces a André Gomes. Necesitaba no perder el control de un partido que ganaba y vio como el Madrid se lo empataba. Y el retrato del gol 500 de Messi prueba además el espíritu indomable de un equipo, el Barça, que se resistía a rendirse. Un contragolpe conducido por Sergi Roberto, que cabalgó desde la banda derecha hasta la otra punta, para conectar con André Gomes y Jordi Alba, el prólogo de un tanto brutal. De lado a lado hasta que llegó a Leo.

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