Muere el actor Sean Connery, a los 90 años

Su carrera como actor abarcó décadas y sus numerosos premios incluyeron un Oscar, dos premios Bafta y tres Globos de Oro

Por Luis Martínez

Fue y es aún el que mejor pronunció las tres palabras (dos si no contamos la que se repite) que definen un universo entero. Primero el apellido, luego el nombre y finalmente todo junto con la contundencia precisa de una confesión de asesinato. Sin arrepentimiento. Como un corte limpio en la carne de la conversación más inocente en la barra de un bar o en mitad de una partida de bacará. Bond, James Bond. Sean Connery ha muerto hoy a los 90 años.

Las películas basadas en las novelas de Ian Fleming no sólo hablaban de espías en un mundo extraño, también definían el espacio sagrado que configura tanto al cine de aventuras como al propio deseo. Y en medio, Connery, Sean Connery. Fleming, de hecho, siempre escribió para él. En su universo cultivado y elitista, él era un impostor. Simpático y ocurrente, pero intruso al fin y al cabo. Para los turistas pobres (todos nosotros) que se acercaban a sus novelas en busca de una experiencia nueva, pero de apariencia real, él ofrecía la puerta de entrada a un paraíso de deseo lejano, seductor e irrenunciable. Un resort de universos turbios, simples y nuevos. Por todo ello, el Bond de Sean Connnery, antes que cualquier otro, era la encarnación de un planeta, el que aparecía en la parte de atrás de las noticias más extravagantes de los periódicos, verosímil y completamente irreal a la vez. Y por ello, deseable. Puro deseo.

Cuentan que tras probar con gente con imagen de elegante, cultivada y capaz como Noël Coward (que lo rechazó), Patrick McGoohan (demasiado religioso), Michael Redgrave, David Niven o Trevor Howard, la decisión final para Dr. No recayó en Sean Connery, el hijo de un camionero y una limpiadora nacido en Edimburgo el 25 de agosto de1930 que antes fue lechero, marino, pulidor de ataúdes y hasta culturista con dos tatuajes y aspiraciones a Mister Universo (eso ocurrió por lo visto en 1953).

De alguna forma, él era la representación justa de la virilidad animal muy cerca del imaginario de cualquier espectador. Él no era el actor inalcanzable que representaba cualquiera de los descartados. Él era uno de nosotros, de los taxistas, de los ayudantes de farmacia o de los empleados de funerarias que poblaba el patio de butacas. Él era la encarnación no tanto de lo que somos como, pese a quien pese, de lo que deseamos ser. Y así. Así de machista si se quiere. Luego, y por contarlo todo, está la célebre declaración para la cadena ABC donde Connery manifestaba sin pudor que pegar a las mujeres no estaba mal. Consecuencia o no de todo lo anterior, producto de su tiempo o simple constancia del mundo rancio que habitamos (o habitábamos, puesto que la entrevista es de 1987), ahí queda.

Sea como sea, su imagen por siempre detenida en el agente secreto la llevó consigo hasta probablemente más allá de la eternidad. Y no tanto como una rémora o la cárcel dorada para tantos actores sepultados por un único personaje. En su caso, era la cualidad inmaterial de lo que representaba, como la viva encarnación de todo lo que la realidad nos niega, lo que le hizo aún más grande.

Y así fue cuando trabajó con Hitchcock, con Lumet, con Huston o con Spielberg. Todos ellos moldearon a su gusto y a sus intenciones, en algunos de los casos profundamente oscuras, su carácter violento, visceral, tremendamente franco y reconocible. Siempre fue, incluso en el más irreal de los escenarios (o precisamente ahí), uno de los nuestros.

Para el imaginario británico («No somos dioses, pero somos ingleses, que es lo más parecido que hay», se le escucha decir en El hombre que pudo reinar), él también fue el último y gran valedor de un imperio ya olvidado. Bond era el testigo en pie de una superioridad tan completamente secreta como sólo inexistente, pero superioridad al fin y al cabo. Siete veces dispuso de licencia para matar: en Dr. No (1962), en Desde Rusia con amor (1963), en Goldfinger (1964), en Operación Trueno (1965) en Sólo se vive dos veces (1967) y posteriormente en dos bonds más otoñales y renqueantes (aunque siempre firmes) de lo deseable: Diamantes para la eternidad (1973) y Nunca digas nunca jamás (1983), donde ni siquiera ese terrible bisoñé le hizo perder el sitio.

Repasar su filmografía desde aquí en adelante es asistir de algún modo a un diálogo de su Bond con todos y cada uno de sus futuros personajes. Hitchcock supo sacar de él su condición de hombre despiadadamente común para en Marnie la ladrona (1964) dar la vuelta a todo su encanto. ¿Y si el más irresistible de los hombres fuera un violador sin escrúpulos? De repente, el heteropatriarcado sufría su particular bomba de profundidad. Sydney Lumet, el que mejor le comprendió y hasta utilizó, le endureció hasta la exasperación en La colina de los hombres perdidos (1965) y posteriormente en La ofensa (1971) oscureció su piel y semblante de la mano de un policía acosado por sus demonios de justicia que lo son también de venganza. Era Bond, siempre Bond, pero del revés. Tan cercano a cualquiera por precisamente su promesa de llevarnos más lejos de nosotros mismos que ningún otro personaje jamás ideado por el cine.

Si obviamos su aparición en Zardoz (1974), de John Boorman, donde ni las cartucheras ni los calzoncillos rojos ni el bigote soportaban la más mínima muestra de piedad, su paso por los años 70 estuvo marcado por dos producciones donde Connery empezó ya a presentarse y soñarse como el más atractivo de los actores algo más que sólo maduros. El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston, y Robin y Marian (1976), de Richard Lester, configuraron su estatus cerca de la divinidad; un dios tan cercano que se diría inalcanzable. En la primera película, de hecho, pasaba junto a Michael Caine por precisamente un dios en Kafiristán. «Si un griego pudo hacerlo, porque no dos británicos», rezaba el texto de Ruyard Kipling y ellos, cómo no, cumplían con todas las consecuencias. Hasta el más terrible y poético de los suicidios. Dar vida a Robin Hood ya cerca de la vejez y en compañía de Audrey Hepburn, eso hizo de la mano de Lester, no hizo más que completar su acceso al cielo de todos los cielos.

Lo que sigue por los 80 y más allá no es más que la confirmación de su carácter de actor convertido en sólo deseo. Tanto su papel en El nombre de la rosa en la piel y sobre todo el cerebro de Guillermo de Baskerville (1986), como en Los intocables de Eliot Ness (1987) dando vida Jimmy Malone, o bajo el sombrero del padre de Indiana Jones, pese ser sólo 12 años mayor que Harrison Ford, en La última cruzada (1989) le situaron en exactamente donde ahora mismo está: fuera del tiempo. Annaud, De Palma y Spielberg sabían que más que un simple actor trataban con el modelo perfecto en el que se refleja todo el cine entendido como aventura, como huida, como la encarnación de, otra vez, lo que siempre (pese a todo y todas las entrevistas) quisimos ser. Al otro lado de la realidad.

Él, por supuesto, siguió. Lo hizo muy cerca de su imagen como La trampa (1999) donde aún era capaz de enamorar a Catherine Zeta-Jones mucho más joven que él o de espaldas a ella, en un registro completamente nuevo. Y aquí Descubriendo a Forrester (2000). Pero siempre convencido de no haber dejado nunca de ser el único e inapelable Bond.

Su universo es violento, maniqueo y lo suficientemente ambiguo para seducir. Perfecto sabedor de los resortes del deseo, suyo es el privilegio de un falso realismo: todo es una exquisita mentira. Sólo el deseo, que no la razón, se reconoce en ese mundo de lujo, mujeres perfectas, y gadgets increíbles. La viva imagen de la sofisticación. Connery, por siempre Bond.

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