Sin tridente no hay gol Barcelona, 0 – Málaga, 0

La ineficacia castiga al Barça, incapaz de batir a un Málaga defensivo y que acabó con nueve

JOAN DOMÈNECH

Ni contra diez ni contra nueve. Ni en 90 minutos ni en 95. Ni con Kameni entero ni con Kameni cojo. El Barça no supo mejorar el cero del marcador con un gol, un triste gol, que habría bastado para sumar los tres puntos porque el Málaga ya se conformaba con su cero desde que llegó. Y fue el Málaga el que se marchó feliz con el puntito, un botín tan valioso como inmerecido por la nula ambición que mostró.

El generoso premio que se llevaron los visitantes resultó un castigo excesivo para un Barça que lo hizo casi todo bien, excepto lo más importante: el gol. Sin Suárez ni Messi, indispuesto con una dolencia antes del partido, al cuadro azulgrana no le resultó suficiente con la presencia de Neymar.

Reducidas las tres puntas del tridente a una, la menos eficaz, el equipo pagó las valiosas ausencias con la inoperancia más absoluta. Coleccionó remates (28) de todas las facturas, pero no encontró el hueco por donde enviar la pelota a la red entre la muchedumbre que se apelotonó en el área de Kameni cuando al final se reunieron los que defendían y los que atacaban. Sin tridente no hubo goles, por primera vez en la temporada. No era la primera vez, sin embargo, que se escapaban puntos del Camp Nou: el Alavés y el Atlético profanaron antes el feudo culé.

Arda y Alcácer cubrieron las sensibles bajas de Messi, indispuesto y con vómitos, y Suárez y demostraron lo lejos que andan de los titulares. Otra oportunidad desperdiciaron ambos para postularse como recambios de garantías, lo que bendice la aprensión de Luis Enrique en darles bola. O tal vez sea esa contrastada falta de confianza del técnico lo que les impide demostrar las razones que empujaron a sus caros fichajes.

Entre los dos delanteros sumaron cinco remates y solo uno bien dirigido. Bagaje indefendible desde cualquier punto de vista. Arda no mostró ninguna iniciativa y dejó para el inventario otra actuación impropia de su categoría, no ya de su precio.

Alcácer va con la cabeza agachada. No llegó a tocar ni 20 balones en todo el partido. Ni una triste bola le cayó en condiciones para rematar, aunque en ello tuvo que ver también su nula capacidad para saber interpretar la función que le corresponde: ser delantero no es lo mismo que serlo del Barça. Y se lo podría haber explicado Sandro hoy en el Málaga. Piqué creó más peligro (marcó un gol mal anulado y provocó un penalti no señalado) que Alcácer cuando ejerció de delantero centro, dejándole en muy mal lugar.

El once de Luis Enrique lo hizo todo bien hasta el área de meta, la de Kameni, que se tiró a los dos últimos remates desesperados de Neymar y André Gomes para negar que la cojera exhibida fuera real. Hasta entonces, había perdido tiempo como un campeón, sin ver tarjeta; luego, defendió a un Málaga que se quedó sin Llorente por una violenta entrada a Neymar en el centro del campo y Juankar por una ostentosa protesta.

Solo faltó el gol; por lo demás, el Barça siguió correctamente el libro de instrucciones para descerrajar la defensa andaluza: ensanchó el campo para atacar por los costados (por el derecho con Sergi Roberto en el inicio, con Alba después), intentó triangulaciones centrales, buscó la profundidad con pases verticales, remató varias veces y bien, provocó córneres, y no concedió ni una oportunidad excepto un disparo desesperado de Sandro, el náufrago malagueño, desde fuera del área.

¿Por qué no ganó? Porque lo hizo todo con lentitud. Con mucha lentitud. Con exasperante lentitud. El problema no era la falta de tiempo, con hora y media por delante, ya que ese fue el panorama desde el minuto uno, sino porque daba tiempo al Malaga a estar prevenido.

Juande Ramos, el hombre del 2-6 con el Madrid, salió con el paraguas en la manos. La tarde era gris y no quería que ennegreciera otra vez. Quiso que el Málaga jugara a la heroica, sin otra pretensión que conservar el punto reglamentario del 0-0. Plantó cinco defensas, cuatro centrocampistas y envió a Sandro a la guerra con un barquito de papel. El exazulgrana mostró una bravura encomiable. Cada vez que recibió un balón se marchó corriendo hacia Ter Stegen sin esperar a nadie. Debía suponer que, efectivamente, nadie le acompañaría.

Las prisas del Barça empezaron tras el descanso, al comprobar que ya se había esfumado la mitad del tiempo. La segunda parte demandaba energía pero no prisa; ímpetu pero no desesperación. Pero también ideas, algo que escasea desde que Iniesta solo ilumina la enfermería, y los goles que marca o crea Messi. Aún así, ninguna excusa disculpó otro grave tropiezo.

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