Un verso suelto

Ernesto Guevara nunca se sintió en su lugar como alto funcionario del Gobierno cubano, ni fue partidario de una larga colaboración con la Unión Soviética.

Por Albert Garrido

Las reglas del juego de la guerra fría siempre fueron un corsé opresivo para el Che, partidario de la acción directa y sin apego a los convencionalismos políticos. Puede decirse que fue, en gran medida, un heterodoxo rodeado de actores del statu quo impuesto por el equilibrio del terror asumido por Estados Unidos y la Unión Soviética. Ni como funcionario del Gobierno revolucionario cubano se sintió en su sitio –fue gobernador del Banco Central de Cuba (1959-1961) y ministro de Industria (1961-1965)– ni como pieza fundamental del ‘modus operandi’ soviético a partir de la crisis de los misiles (octubre de 1962).

No es exagerado decir que llegó a convertirse en un elemento molesto para las ‘nomenklaturas’ soviética y cubana, incluido Fidel Castro, aunque la versión oficial en la isla es que el líder de la revolución siempre apoyó las decisiones que tomó el Che, incluso las más discutibles por inoportunas y estériles como la expedición guerrillera al Congo, que acabó en fracaso, y la no menos dramáticamente fracasada de Bolivia. “Siempre me imagino la felicidad inaudita que debe de haber sentido el Che cuando vio otra vez las armas en la selva boliviana (…) Yo sueño mucho con el Che, está vivo, con uniforme”, recogió el periodista cubano Jorge Timossi en un pasaje de ‘Los sueños de Fidel’. Es decir que incluso para el comandante en jefe el perfil no era otro que el del hombre de acción casado con el riesgo y las aventuras extremas.

Por eso hay que entender como una excepción el encuentro en Montevideo del Che con Richard Goodwin, un joven colaborador del presidente John F. Kennedy, en agosto de 1961, solo cuatro meses después de la fallida invasión de Bahía de Cochinos. “No me cabía ninguna duda de que había venido a hablar conmigo –se vieron en la fiesta de cumpleaños de un diplomático–. Si yo hubiera sido más sabio y hubiera tenido más experiencia, probablemente me hubiera marchado”, reveló Goodwin años más tarde, al tiempo que reconoció que se quedó con él porque sintió curiosidad por conocer en persona al Che. Más aventurado es suponer que el revolucionario cubano viese factible un acercamiento a Estados Unidos, convencido como estaba entonces de que el apoyo soviético era fundamental después de la visita a la isla en 1960 de Anastás Mikoyan, viceprimer ministro de la URSS.

Ahora bien, tal convencimiento no le impidió establecer unos límites temporales que divergían de los de Fidel Castro. Mientras este creía que la tutela soviética podía prolongarse hasta 10 años, el Che creía que no debía durar más de dos o tres. “Si dura más, estás acabado”, le vaticinó a Fidel varios años antes de renunciar a todos sus cargos para empuñar de nuevo las armas (1965), en el Congo y después en Bolivia, convencido de que había que sembrar ‘vietnames’ en todas partes. Una piedra en el zapato de la coexistencia pacífica y el reparto del mundo en áreas de influencia entre las dos superpotencias.

Es especialmente reveladora la situación en que se encontró el Che en Praga después del desastre en el Congo. Las autoridades checas le hicieron el vacío, sujetas a la lógica soviética, y el Che ocupó varios meses en elaborar una crítica sin reservas al manual sobre economía política difundido por la URSS y a los fundamentos del socialismo científico.

De vuelta a Cuba, se dice que Fidel y el Che levantaron la voz muchas veces a causa de los proyectos insurreccionales del guerrillero y de que este le echó en cara a su interlocutor la promesa que le hizo en México antes del viaje a la isla a bordo del ‘Granma’: que podría seguir su camino cuando venciera la revolución.

Niega Juan Martín Guevara, hermano del Che, que los episodios del Congo y de Bolivia no contaran con el beneplácito de Fidel, niega que la expedición a la selva del Ñancahuazú liberara al comandante de la revolución del incordio continuo de uno de sus ideólogos, pero no hay duda de que el hombre de acción fue a menudo un verso suelto cuando la revolución se institucionalizó y acató los designios de la URSS. No hubo forma de que su figura y pensamiento encajaran en la ‘realpolitik’.

FOTO: JOSEPH SCHERSCHEL

You May Also Like

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *