Ningún monarca europeo posee una combinación de herencia no auditada, ingresos semipúblicos y activos privados. Unos dos mil millones. La BBC lo avala
Ser el heredero del trono británico nunca ha sido un mal negocio, pero ni siquiera los monárquicos más fervientes habrían imaginado que un día un soberano inglés entraría en la categoría de los multimillonarios a nivel privado. Y, sin embargo, aquí estamos: por primera vez en la historia, el actual jefe de Estado posee una fortuna personal superior a los mil millones de libras (unos 1.150 millones de euros). En concreto, la cifra rondaría los 2.100 millones de euros. En definitiva, Carlos III, que llegó a la Corona con la promesa de una «monarquía moderna», aparece ahora en los titulares por un motivo mucho menos etéreo: su riqueza. La cifra golpea directamente en el centro del eterno debate sobre la utilidad, pertinencia y legitimidad de una institución más sometida que nunca al escrutinio.
Que cifras de este tipo aparezcan en un periódico de izquierdas como «The Guardian», como ocurrió hace dos años, es una cosa. Pero que ahora reciban prominencia y credibilidad de la propia BBC, transmitidas a la nación por uno de los presentadores más respetados de la corporación, es algo muy distinto.
A sus 85 años, David Dimbleby parece haberse despojado del corsé de la deferencia en un documental en el que, a modo casi de «auditoría», analiza el poder, la influencia, la ingeniería institucional y, sobre todo, el dinero de los Windsor. Su tono es inquisitivo, casi incómodo, como si quisiera expiar una culpa colectiva: la del periodismo nacional que durante décadas aceptó ciertas zonas de sombra en la Casa Real sin plantear demasiadas preguntas. La serie de tres capítulos habría sido impensable bajo la era isabelina lo que recalca que el reinado de Carlos III está rompiendo inercias mucho más rápido de lo que nadie preveía.
El verdadero terremoto llega con el episodio dedicado al dinero. Dimbleby se atreve con lo que durante décadas ha sido territorio prohibido. ¿Por qué no existe transparencia real sobre las finanzas privadas de los Windsor? La Corona, que desde 1993 paga voluntariamente algunos impuestos, continúa exenta del impuesto de sucesiones, lo que supuso una transferencia patrimonial de dimensiones colosales cuando Carlos heredó todo el conjunto de propiedades, colecciones y rentas que acumuló Isabel II durante siete décadas. Ningún monarca europeo posee una combinación tan amplia de patrimonio hereditario, ingresos semipúblicos y activos privados. Y ninguno opera bajo un nivel de opacidad similar.
«La fortuna real no es solo grande; es estructuralmente incomprensible sin un cambio profundo de mirada sobre el funcionamiento institucional de la monarquía»
Dimbleby no se pierde en el inventario de joyas, caballos o colecciones de arte. Su tesis va más allá: la fortuna real no es solo grande; es estructuralmente incomprensible sin un cambio profundo de mirada sobre el funcionamiento institucional de la monarquía.

El documental recuerda que los Windsor están exentos de buena parte de las leyes que afectan a cualquier organización pública o privada del país, desde derechos laborales hasta normativas de igualdad racial. El contraste es enorme en una nación donde la transparencia financiera se exige con celo casi obsesivo a ministros, empresarios y deportistas.
En ese clima, la acumulación de riqueza privada por parte del Rey abre un flanco inesperado, el del desajuste generacional. Entre los jóvenes británicos, muchos atrapados en alquileres impagables, salarios estancados y un resentimiento creciente hacia las élites económicas, el término «billonario» no evoca precisamente admiración.
El movimiento República identifica la riqueza de Carlos III como un blanco prometedor para sus ataques, ya que la Familia Real se ha visto recientemente afectada por los escándalos en torno al ya ex príncipe Andrés, cuyo nuevo hogar, por cierto, tras ser desalojado de la mansión en la que vivía, será financiado directamente por el monarca a título personal.
No existe ni mucho menos un debate sobre cambiar el modelo institucional. Pero el apoyo público a la Monarquía ha caído del 75% en 2012 al 62% actual. Y el documental atiza ese malestar. La idea de que el soberano, financiado parcialmente por ingresos semipúblicos, pueda estar incrementando una fortuna personal, mientras el país debate cómo financiar los servicios públicos más básicos, como el Sistema Nacional de Salud Pública, es dinamita para cualquier conversación sobre legitimidad. La «fortuna del Rey» funciona como una metáfora perfecta de la contradicción central del reinado de Carlos: aspira a ser un monarca moderno, racional y transparente, pero está sostenido por estructuras financieras profundamente tradicionales y por una herencia cuyo valor real se desconoce porque nunca ha sido auditada públicamente.
Por Celia Maza

