El Barça se impone al Sevilla por 3-0

El astro azulgrana reaparece tras su sanción y liquida al Sevilla con dos goles en una media hora pletórica del Barça

Volvía Messi hambiento tras haberse perdido dos partidos por sanción (el de Argentina en Bolivia y el del Barça en Granada), y venía el Sevilla, el equipo al que más goles ha marcado. La ecuación perfecta. En media hora, el astro ya había anotado un doblete y Luis Suárez había dibujado una chilena espectacular tras una galopada de Leo. El tirazo que estrelló en el larguero en el minuto tres ni puntúa.

Como el adicto que va a recibir la dosis, presuroso y ansioso, Messi se sacudió pronto el síndrome de abstinencia. Igual fue ya en el calentamiento que empezó a sentirse levitar por pisar de nuevo el césped, competir otra vez. Jugar, en definitiva. Y cuando juega, no hay mejor opción que sentarse a mirar y disfrutar. A rezar si se trata del rival. Particularmente zarandeado en el caso del cuadro andaluz, que ha encajado ya 29 goles en las 30 veces que se enfrentó al Barça de Messi.

El Sevilla se ha parado y el Barça sigue corriendo hacia la Liga, la Champions y no tanto la Copa, asegurada la final, así que no cabía esperar otro desenlace que se produjo en el Camp Nou, aunque no con tanta contundencia.

Los azulgranas destrozaron a su rival, tal que quisieran cargarse a Jorge Sampaoli de la lista de pretendientes al puesto de Luis Enrique, tan relajado como el equipo desde que anunciara su marcha. Sampaoli se agitaba en la banda derecha, convulsionándose por la lozanía azulgrana frente a la atonía de sus muchachos, avasallados en el inicio. Ni uno de los cuatro partidos (dos de Liga y dos de Supecopa) ha ganado al Barça.

El ambiente se ha distentido en Sant Joan Despí –a veces demasiado, como A Coruña, la única derrota en medio de nueve victorias– y el grupo juega suelto y despreocupado como pocas veces, sin perder en absoluto el rigor que exige jugar con el 3-4-3, en el que Sergi Roberto, el más joven carga con el peaje de ser quien más metros corre. Arriba y abajo, de lateral y de extremo. El área de Ter Stegen no la pisó hasta el segundo tiempo. El Barça jugó con tres defensas otra vez y no necesitó más. El cuarto apareció con la entrada de Digne.

Messi es quien corre menos, pero ya se sabe que no necesita el esfuerzo físico para estar por encima de los demás. Le basta con armar la pierna. Sin embargo, pletórico como se sentía por oler la hierba (con perdón), se marcó un esprint por la banda derecha que fructificó con el 1-0. A partir de entonces, se sintió acreditado para prepararse una dosis detrás de otra, chutándose cuantas bolas le venían. Él las repartía, pero siempre volvían a él.

La eléctrica media hora inicial del Barça, en la línea de los mejores tiempos, liquidó al Sevilla y anuló el interés. No así el espectáculo, enchufado como estaban Messi y el equipo ante un rival que de vez en cuando se las hace pasar canutas.

Los hispalenses parecieron pasados de vueltas después del subidón de los primeros tiempos con Sampaoli. Se vio más agresividad en el bando local, aunque la demostración de fuerza escondía una razón intreresada: Piqué y Rakitic vieron sendas tarjetas que cumplían ciclo y les exime de jugar el sábado en Málaga. Aleñà siguió el ejemplo de los mayores y vio una en su primera intervención, producto de su fogosidad.

Messi no era el único que reaparecía. También volvían Piqué, Umtiti y, sobre todo, Iniesta, otro adicto al fútbol que no disimuló su felicidad. A su ritmo, de poco trote y mucho arte.

Castigado por Luis Enrique a salir poco de casa para que no se rompa, jugueteó como un niño en el patio los 90 minutos. Su amigo Messi le dio un pase de oro para que sumara a la fiesta goleadora, por entonces ya parada. El Sevilla sacó la cabecita del vestuario, pero ya no llovía tanto –ni goles ni agua- y se estiró en el campo con la anuencia de los barcelonistas, que empezaron a pensar en los futuros saraos.

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