El tridente del Barcelona se adueña del mundo

Messi, Suárez y Neymar guían al Barcelona a su quinto título del año tras pasar por encima de River en la final del Mundial de Clubes.

Pensó River que quizá podría bastarle con el corazón. Con el sudor. Con la agresividad. Con ese instinto de supervivencia que no hace tanto le arrancó de la alcantarilla para acabar gobernando América. Pero el equipo argentino, sin fútbol, abierto en canal tras el primer golpe, tendrá que seguir maldiciendo el día en que mandaron de vuelta a casa a un niño diminuto y que, de la mano de su padre, anhelaba que alguien le pagara un tratamiento para crecer como los demás críos. Leo Messi, alejado de esa Argentina que tanto ama como atormenta, hace ya demasiado tiempo que alcanzó el firmamento. En Yokohama, mirando esta vez de frente a su pasado, abrió el camino para que el Barcelona alzara el Mundial de Clubes, el tercero de su historia. Un título que zanja además un pentacampeonato para el recuerdo de un tridente sin igual en nuestra memoria. Donde Suárez, bigoleador, remata como un ángel exterminador, y Neymar, asistente por dos veces, avanza su futuro reinado.

No iba a perder Messi semejante oportunidad, por mucho que una piedra en el riñón le hubiera estado amargando una semana en la que estuvo más tiempo encadenado a la cama del hotel que sobre el césped. Consciente de la guerra que venía librándose por todos los rincones del campo, a La Pulga le bastaba con cobijarse y aguardar su momento. En las finales siempre llega. Así, y en una jugada que él mismo había inaugurado, esperó a que Neymar atendiera a su irrupción en el área. Completó el control orientado mientras, el balón, caprichoso, rebotaba en una mano que no iba a mancillar la obra de arte que vendría a continuación. Esperaba Barovero que Messi sacara la pierna derecha. Pero el pie que asomó fue el izquierdo, que se retorció lo justo para que el balón descubriera por fin la red.

El gran mérito del Barcelona fue resistir de pie hasta ese crepúsculo del primer episodio. Cuando el balón corría lo mismo que un balón medicinal, cuando Ponzio ordenaba el inicio de las escaramuzas, cuando Kranevitter se esforzaba en asfixiar a todo alma viviente, o cuando Mercado, un lateral con mandíbula de estibador, buscaba su alianza con Sánchez para convertir el carril de Neymar en el corredor de la muerte. Pese a semejante panorama, siempre había momento para encontrar a Busquets, imperial en la trinchera, o para que Iniesta encontrara el pase idóneo para liberar a su equipo de la presión. Como aquel que dejó por vez primera a Messi solo ante el meta Barovero, cuya mano a ras de suelo evitó el primer tanto. Su buenaventura acabaría ahí.

Llegó el gol de Messi y Marcelo Gallardo, que no estaba dispuesto a dejar morir a sus hombres sin al menos haber intentado asomarse al área del titular Bravo, se la jugó tras el descanso. Echó a volar a Lucho González y Martínez por Ponzio y Mora, permitió que los ‘millonarios’ se fueran hacia arriba no sólo para presionar, sino para atacar. Un panorama que la santísima trinidad azulgrana no acostumbra a desaprovechar.

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