Barça, goles con flor

Tres de los cuatro últimos tantos del Barça han sido de los defensas enemigos en propia puerta: Aday, Gorka y Coates

Por Marcos López

No debió ver el Sporting de Portugal el partido al completo del Barça en Girona. Su entrenador, Jorge Jesús, un loco, enamorado de Cruyff y del cruyffismo, un autodidacta de los banquillos, sí que se empapó de todo. Pero sus jugadores, no. Aunque hay cosas que por mucho que estudies son absolutamente imprevisibles.

Si no que se lo pregunten a Tosca, el defensa del Betis, quien tuvo el honor de ser el primer enemigo del Barça de Valverde en marcarse un gol en propia puerta desviando un disparo de Deulofeu, que lo vio todo anoche desde la grada de Lisboa. Tosca abrió el catálogo cerrado ahora por Coates, el central del Sporting.

Pero en Girona, y sin que se percataran los jugadores portugueses, el Barça ganó el partido con dos acciones similares. Similares porque Aday, a la salida de un córner lanzado por Messi y golpeado por Jordi Alba desde la frontal del área, despistó a un sorprendido Gorka Iraizoz. Era el 0-1 que abría el triunfo. No sabía tampoco el meta del Girona que sería el protagonista del 0-2. De nuevo, otra acción a balón parado.

Del saque de esquina lanzado por Leo a la falta rápidamente sacada por Leo, aún en campo azulgrana, para desordenar al equipo de Machín antes de que Aleix Vidal se inventara un taconazo. Y Gorka, obviamente sin querer, se hizo un autogol incapaz de gobernar tan caprichoso balón que se coló entre sus piernas. Era el 0-2, el tercero con firma enemiga.

No fue, sin embargo, el último porque Coates perdió de vista a Suárez. Y también a esa pelota que había servido Messi desde una falta lateral provocada por la velocidad de Semedo. El guión se repitió como si el destino hubiera tendido un invisible hilo entre Girona y Lisboa.

Parece mentira, hasta irreal, pero es cierto. Tres de los cuatro últimos goles del Barça llevan la rúbrica del rival. Coates, un central uruguayo, que empezó precisamente en el Nacional, el club donde arrancó también Luis Suárez su carrera, no quería ser menos que los otros tres delanteros fichados por el Barça: Tosca, Aday y Gorka.

En cuatro días, tres tantos que retratan, al mismo tiempo, la ineficacia del equipo de Valverde, con un Suárez ofuscado, hace dos años que no marca un gol fuera del Camp Nou en la Champions, dato impropio para un delantero de su tronío, y un Messi demasiado solo.

Tan solo estaba Leo que no tenía el punto de mira ajustado como acostumbra. Hasta Valverde, que solía remover a su equipo con prontitud en las segundas partes, se demoró con los cambios, como no se le había visto antes.

Antes, en una gris y plomiza primera mitad, se vio al técnico cerrar los ojos ante uno de esos reiterados errores de sus jugadores en el pase. Fallos tan ingenuos como infantiles. No quería mirar Valverde, consciente de que era su peor Barça en estos meses. Nada era de color de rosa, por mucho que Coates ayudara golpeando ese balón con el pecho despistando al pobre Rui Patricio.

Tardó tanto el entrenador azulgrana en hacer ese cambio que tuvo tiempo de modificar su idea inicial. Quería sacar a Rakitic del campo para dar entrada, pero, finalmente, sentó a Iniesta, el capitán, que se fue también aplaudido de Lisboa. Hasta en eso pareció una fotocopia del partido vivido en Girona. En ambos partidos se marchó el mago.

Aquí, en cambio, la gran diferencia es que Jorge Jesús no instaló un Maffeo de la vida sobre el cuerpo de Messi, pese a que Battaglia no le perdió de vista durante un solo segundo. En Lisboa, más allá de ese decisivo autogol de Coates, tuvieron tiempo de silbar a Semedo todo el partido y, al final, a André Gomes, benfiquistas ambos. Y de paladear un brutal caño de Messi a Battaglia, a quien un espontáneo le besó las botas. No solo Zidane tiene flor. También, el Txingurri.

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